Revista Panace@: ‘Nuestra ilustradora: Paisajes del cuerpo de Mireia Cifuentes’
En la sala de rayos x. Aguanta la respiración, no te muevas. El agua baja, el agua sube, el agua baja, el agua baja…
Fogonazo. Muy bien, ya puedes respirar de nuevo.
El mar en los ojos mientras espera, el cuerpo parece roca pero no lo es porque es azul y se mueve. Inspira, espira, inspira, espira. Cuelga. Se esconde en el wc del hospital. Se sienta sobre la tapa tocando la barbilla con las piernas, toda ella formando un óvulo gigante. Tiene frío. Se abraza con cariño a sí misma, como si estuviera embarazada y su interlocutor de hace apenas dos minutos hubiera balbuceado mamá desde su vientre. Cerrar los ojos, sentir el mar de dentro. Que el mar de fuera se comunique con el mar de dentro, ese que llevamos estancado con la sensación de solidez placebo porque leyó que somos 60 % mar: el 70 % del cerebro, el 80 % de la sangre, el 90 % de los pulmones.
Aprieta la arena con un puño, se concentra para que nada se mueva, todo se quede —no perder, no mutar, no envejecer—. Inspira, espira, inspira, espira.
Recuerda que las formas engañan, el andamiaje engaña, la fachada engaña. Por eso los médicos van a necesitar también un tac: escrutar sus órganos internos, reconocer sus huesos, sus tejidos blandos. Y ella no quiere verse blanda ni enseñar traumatismos ni cuerpos extraños ni saber si se derrama por dentro.
En la sala de espera mira el catálogo de Mireia Cifuentes. Escribe en su libreta: paisajes internos, miedos, anhelos, el caudal que se desborda, la noche de tormenta, lágrimas azul Payne. Después de un año encerrada se siente vieja y aún no sabe si está enferma. La Venus de Klein está hastiada de ser venus en vitrina, suspira. Quién fuera sirena para fluir y no andar tan sólida en el hospital esta tarde.
Sonríe imaginando cinco médicos intentando llegar a un diagnóstico sin mucha suerte porque su cuerpo trémulo de vergüenza saboteó la prueba. Hojea y recuerda también la sangre que le extrajeron, alborotada como una buena marejada a microscopio. Se zambulle en el ombligo de Figura IV. «Quien conserva la facultad de ver la belleza no envejece», decía Kafka. ¿Kafka se sintió alguna vez mujer?
Tiene miedo. Su cuerpo parece sentado en posición distendida pero su cabeza corre mucho, como el desnudo de Duchamp precipitándose por la escalera con un sari de sábana, un nude hospitalario en una sola toma con contraste. La forma miente, nadie se queda quieto. El bótox es la parálisis, la belleza está muerta, Kafka. La vejez vive, camina hacia adelante con la seguridad de una diosa de ébano.
Le gusta Mireia. Está en las antípodas del lenguaje digital, que introduce filtros, cuerpos refrenados, de hormigón y formol, que amputa el desgaste. Ella, en cambio, es lírica, honesta, como la ola que te rompe en la cara y la espuma que te besa los pies al mismo tiempo. Queremos ser votivos en Instagram, y los votivos de Mireia son humanas, sensuales, tan vivas y decadentes como nosotros cuando se nos pasa el complejo de exvoto. Son selfies rayográficos sin Man Ray al que seducir, en los que la mujer abraza sus curvas cogiéndolas como dos cántaros de leche y miel sin que nadie les tase la grasa ni la cauterice. Es país para viejas el de Mireia. Viejas hermosas, marinas, con remolinos y columnas jónicas que se caen de donde nacen margaritas y cataratas.
Piensa esto mientras los de dentro buscan lesiones en su cuerpo. Se concentra para mandarles telepáticamente el mensaje lego de que su cuerpo es suyo, su decadencia es suya. Deconstruye calladita sus curvas. No lo hace con el fogonazo de sangre y flores sexuadas de Frida, sino con el azul de senectud, reflexivo, que relaja pintado y evoca toda una vida. Mireia la tiene embelesada. «El azul es lo invisible convirtiéndose en visible», creía Klein. Nunca se pusieron de acuerdo en si su color era símbolo de vida o muerte, un canto de celebración o la elegía de la angustia profunda ante el vacío. El vacío o el todo, ¿qué tal los dos? Porque son los dos sentados en la salita de espera, como el Gran Vidrio de cara y de revés y el lienzo cálido en casa. Mientras tanto, los doctores deliberan despiezando la caja de Domínguez y su juventud resbala de pie sobre el metacrilato pintado. Ya no le parece tan sensual su rostro de los 20. Las radiografías de Flavin y el metal de Koons son fruta de invernadero, con menos arrugas, historias y orgasmos. Pero eso no lo recogen en la anamnesis de mujer de mediana edad, aún cíclica, pero por poco tiempo.
«Todo normal para su edad. Le hago la receta». Vuelve sola al baño. La atmósfera ceniza del interior le inspira tranquilidad. Se siente como en casa, en su mundo rectangular del confinamiento, sin estridencias de ningún tipo. Tiembla con suavidad. Comprueba que la puerta está herméticamente cerrada. Respira hondo. Algún hilillo de brisa andará jugando al escondite entre los dobles cristales mientras un grifo gotea.
El agua sube, el agua baja.
Vendrán el frío, la desnudez, el temblor más íntimo sea cual sea la estación del año. Es ley de vida. Pero ella solo piensa en dar brazadas en el Mediterráneo, porque hoy, a seis de julio de 2021, está muy viva.
Panace@ | vol. XXII, n.º 53. Primer semestre, 2021 | Por María Luisa Rodríguez Muñoz
